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Flores Míticas 1ª Parte

Flores Míticas 1ª Parte

FLORES MÍTICAS – I                                         

                DELEGACIÓN DE VALLADOLID. JUAN ANTONIO GARCÍA ORTEGA

Siendo mayo el mes de las flores, parece oportuno tratar del origen mitológico de alguna de ellas: narciso, girasol, jacinto y anémona.

Seguimos la descripción, aproximadamente cronológica, que hace Ovidio en las Metamorfosis. En esta primera parte tratamos el narciso y del girasol.

EL NARCISO.- En una ocasión  en que Júpiter se encontraba libre de preocupaciones, bromeando con su esposa, la diosa Juno, le dice: “Ciertamente es mayor el placer vuestro que el que consiguen los varones”. Ella le contradice y deciden consultar el parecer del sabio Tiresias, que conocía los dos aspectos del amor, al haber sido sucesivamente varón, mujer y de nuevo varón.

Tiresias confirma el aserto de Júpiter, por lo que Juno, disgustada, le priva de la vista. Pero Júpiter, puesto que ningún dios puede anular lo dispuesto por otra divinidad, le compensa con el don de adivinar el porvenir.

A este sabio Tiresias consultó la ninfa Liriope si su hermoso hijo Narciso alcanzaría una edad avanzada. La respuesta del vate fue esta:

“Lo conseguirá si no llega a conocerse a sí mismo”.

Este vaticinio era un oráculo condicional, es decir, llegaría a la vejez

si se cumplía la condición de no conocerse a sí mismo.

La belleza de Narciso aumentaba con los años. Fueron muchas las pretendientes que lo desearon, pero ninguna llegó a tocar su corazón,

Perseguía un día Narciso a los asustadizos ciervos cuando le vio la ninfa Eco, la que devuelve lo que ha oído, y siente la llama que le hace arder, sale a su encuentro y se encamina a echar sus brazos al cuello. Narciso huye y al huir impide que la ninfa le enlace con sus manos; “antes moriré” dice “que puedas tú gozar de mi”.

Desdeñada, desde aquel momento vive en la selva, en cuevas solitarias, solo perdura su voz, únicamente se la oye, un sonido es lo que vive en ella.

Así había despreciado Narciso a esta y a otras ninfas. Entonces una de ellas imploró a Némesis, la diosa de la venganza, de esta manera “ojalá se enamore de sí mismo”. Asintió la diosa a la justa petición.

Había una fuente límpida, de aguas transparentes que no habían tocado ni ganado, ni fieras, ni aves. Alrededor había un césped por nadie hollado todavía. 

Allí el muchacho, fatigado por la caza y el calor, fue a tenderse. En tanto ansía apagar su sed otra sed le ha brotado; mientras bebe, cautivado por la imagen de la belleza que esta viendo, cree que es su cuerpo lo que es agua. Se extasía ante sí mismo. Apoyado en tierra contempla su rostro lampiño, sus cabellos dignos de Apolo, su cuello de marfil. Se desea a sí mismo sin saberlo. Cuando tiende sus brazos también los tiende la imagen, las señas de cabeza de la imagen responden a las de Narciso.

Así permanece inmóvil contemplándose a sí mismo y, consumiéndose inconsolable, dejó caer en la verde hierba la cabeza fatigada, y la muerte cerró los ojos que admiraban la belleza de su dueño.

Las Náyades, ninfas de las aguas dulces, preparaban la pira funeraria, pero por ninguna parte aparece su cuerpo, y en su lugar se encuentra una flor amarilla con pétalos blancos alrededor, es el narciso. (Met,III).

EL GIRASOL.-  (Corona solis). El Sol, dios de la belleza y de la luz, solo tenía ojos para Leucótoe, la bella hija de Eurínome a la que superaba en hermosura cuanto la madre superaba a todas las mujeres del país de los aromas.

Una noche el sol tomando la figura de Eurínome, la madre, entra en el tálamo de su amor. Entonces después de acariciar, como si fuera su madre, a su querida hija, ordena a las doncellas que se retiren para que no impidan a una madre el derecho de hablar en secreto. Una vez que la estancia quedó sin testigos, el Sol se reveló en todo su esplendor, y la doncella, subyugada por el inesperado espectáculo, sufrió la violencia del dios, sin resistencia por su parte.

Pero alguien delató ante Orcano, padre de Leucóte, el deshonor tolerado de su hija.

El padre, enfurecido y despiadado, la entierra bárbaramente en una fosa y añade encima un montón de pesada arena.

Intentó el sol con el poder de sus rayos dar el calor de la vida a aquellos miembros helados, pero, como el destino se oponía a sus vigorosos esfuerzos, derramó oloroso néctar sobre el lugar y la transformó en el árbol del incienso.

 Pero ¿quién fue la persona delatora del deshonor de Leucótoe? Fue Clitie, que, aunque despreciada, aspiraba al lecho del Sol y porque nada moderado había sido en ella el amor por el dios, y aunque sus celos podían disculpar su resentimiento y el resentimiento la delación, el autor de la luz no volvió a visitarla.

Desde entonces se consumió ella entregándose locamente a su pasión, permaneció sentada en el suelo desnudo y con los cabellos en desorden durante nueve días se abstuvo de agua y comida, sin alimentarse con otra cosa que con rocío y con sus lágrimas, y sin moverse del suelo lo único que hacía era mirar el rostro del Sol conforme este avanzaba y volver su cara hacia él. Sus miembros se adhirieron al suelo y su rostro se convirtió en una flor: el girasol. (Met. IV).   

Narciso y el reflejo

Narciso y el reflejo

 

La metamorfosis de Narciso de Salvador Dalí

La metamorfosis de Narciso de Salvador Dalí

 

 

 

 

 

FLOR DE NARCISO

 

 

 

BOSWELLIA SACRA ÁRBOL DEL INCIENSO

 

CLITIE

 

 

 

 

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