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  • 04. Virgen de Nuestra Esperanza

NAVIDAD 2011 

Araceli de Anca Abati - 27 de noviembre de 2011 Article Rating Comentarios (0)

 

Chritsma a la Virgen de nuestra Esperanza


“Salve, regazo del Dios que se encarna. / Salve, por ti la creación se renueva; / Salve, por ti el Creador nace niño. / Salve, ¡Virgen y Esposa!” (Himno Akathistos, 1).
Saludamos en este Cuadro de Navidad a la Virgen con Salves del Himno Akathistos a Ella dedicado.
Jesús y María protagonistas, y escondida entre líneas la huella de san José, varón justo, responsable de la Familia de Nazaret. En este Cuadro veremos a la Señora que abrió la Esperanza a la Vida eterna del hombre antiguo sumido en la más completa desesperanza.

 Tomamos de san Pablo la gran revelación: “...al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (…) a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gálatas 4, 4-5).

Mas para que este fin se cumpliera, el Señor envió a su Ángel Gabriel a la Tierra con la misión de buscar en el país de Israel, entre todas las mujeres, la que era Perla inmaculada, su Joya más preciosa, singular criatura la más amada de Dios: una Virgen de la que por obra del Espíritu Santo nacería, “en el tiempo”(Símbolo Atanasiano, nº 29), el Hijo Unigénito del Padre.
Así, al enviar el Señor al Ángel no lo hizo sin antes darle toda clase de indicaciones: la Virgen era “azucena de intacta belleza” (Akathistos, 13), “columna de sacra pureza; umbral de vida perfecta” (o. c., 19)”. Con estas señas el Ángel bajó a nuestro mundo y comenzó a buscar a la Amada de su Señor. La buscó en palacios de reyes y en los de la nobleza más encumbrada, pero… allí no se encontraba. Fue entonces a las grandes ciudades, la buscó entre los grandes potentados y… allí no se encontraba. Fue después a espaciosos pueblos y la buscó entre acomodados agricultores y… allí no se encontraba. Por fin marchó a las villas más humildes, y allá en Nazaret halló al “lucero que el Sol anuncia” (o. c., 1). Entonces el Ángel comunicó a la Virgen su embajada: “...concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo” (Lucas 1, 31-32). Y cuando la Virgen le da su beneplácito: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1, 38), el Ángel vuela a dar la Buena Nueva a su Dios y Señor.
Y a punto de aparecer en la Tierra el Dios hecho Niño –luego, Hombre adulto-, a Quien conocemos como Jesús, el Cristo-Mesías anunciado por los Profetas, el salmista se muestra impaciente y grita: “Portones ¡abrid los dinteles!/ Va a entrar el Rey de la gloria” (Salmo 23, 7).
Nace el Niño, y a modo de villancico cantamos a la Virgen del Himno Akathistos:
                “Salve, celeste escalera – que Dios ha bajado;
                Salve, oh puente que llevas – los hombres al Cielo” (3).

 


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