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Publicaciones

LAS MAÑANAS DE JUNIO

En nuestro editorial anterior hablamos del mes de mayo y aunque no sea nuestra intención dedicar cada editorial al mes de publicación de esta revista, apelo a la benevolencia de nuestros lectores para dedicar un mes más este editorial al mes de la fecha y es que Junio, como ahora vamos a ver, bien que se lo merece.

Ustedes, seguro, se habrán dado cuenta: la luz de junio, tanto al amanecer, como a lo largo del día, y en los dorados crepúsculos, tiene un color especial. No es tan agreste, tan penetrante, como en mayo, digamos que es más suave, más tenue, más dulce.

Es una delicia, en junio, levantarse tempano, salir al campo y disfrutar del suave amanecer. La oscuridad de la noche se retira dejando paso a la luz de la mañana, el cielo se ilumina y cuando el sol despunta por el horizonte, el ambiente nos envuelve y el día amanece con ese esplendor tan especial y tan típico del mes de junio. Yo lo he vivido en la Vega de Granada y en las llanuras a orillas del Rhin, en Alemania, y no sabría decirles cuál de estos dos amaneceres me ha cautivado más. Seguro que hay otros, en diferentes puntos del planeta, tan hermosos o más de los que aquí refiero e igualmente usted, querido lector, tendrá en su recuerdo otros deslumbrantes amaneceres de los que en su día disfrutó. Dicen algunos, que no habría madrugadores si no existieran amaneceres como los que aquí recordamos. Cada día nos trae su afán, es el dicho popular, y yo añado que cada día nos trae su amanecer y cada amanecer nos prepara para el sumo regalo de nuestra existencia: un día más con el que nos obsequia el Altísimo, para poder darle gracias y disfrutar de tantas cosas bellas como nos depara la vida.

La luz, el aire, la naturaleza, nuestro sustento y sobre todo la compañía. ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos cerca otros seres humanos con los que compartir nuestras vidas? Y entre ellos los más cercanos, nuestra familia: esposa o esposo, padres, hermanos, hijos y, ya a nuestras edades, nietos. Esos sí que saben alegrar y dar sentido a nuestra existencia, con sus risas, con sus juegos, con sus preguntas tan sinceras y tan directas. Saben ustedes lo que hace ya unos años me preguntó uno de mis nietos. Ahora ya son mayores y preguntan otras cosas.

Me dijo, -oye abuelo, ¿por qué será que te quiero tanto?-. No me digan ustedes que esto no es una buena pregunta. Le contesté con más de un argumento pero él me dijo: -Abuelo, ya lo sé: porque soy tu nieto. Y ahí acabó la cuestión.

Pero volvamos a junio y a su suave y dulce luz. Si por algo me gusta el campo y la naturaleza es por esos dulces amaneceres preámbulo de días gloriosos y plenos de actividad y de amor a nuestros seres queridos. Vivámoslos con intensidad, no dejemos que pasen sin decirles a nuestros familiares y amigos lo que significan para nosotros y cuanto, cuanto les queremos. No perdamos esta oportunidad.

Y para terminar he aquí lo que dijo un enamorado cuando le preguntaron por su amada y porqué la quería tanto: ¿No la has visto?, respondió: Mírala: Ella es dulce y sonriente, como una mañana de junio.