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La fiesta empezó en el campo, se trasladó a los vestuarios, luego al avión que les trajo de regreso a casa, posteriormente en el aeropuerto de Barajas y tras un fugaz descanso, ruidosa y nutrida carabana que llevó a jugadores y acompañantes primero al palacio Real, -bella y emotiva ceremonia ante la familia real al completo-, luego al palacio de la Moncloa y después de un recorrido por las calles de Madrid de casi cinco horas, gran homenaje popular y fin de fiesta que terminó de madrugada cantando la famosa canción de Manolo Escobar, que allí estaba, ¡”Que viva España”!
¿Qué había pasado para que se produjera tal celebración? Casi nada, dirían los más entendidos. Nuestra selección, la “roja”, como ya todo el mundo la conoce, había conseguido el mayor galardón que puede conquistar una selección: la Copa del Mundo de Futbol. Ochenta años esperando a que se produjera el milagro, -la primera se celebró en el año 1930-. Otros países la habían conseguido, algunos incluso más de una vez, pero a España, que incluso fue anfitriona en el año 1982, siempre se le había resistido y apenas había llegado a disputar la fase final en anteriores ediciones.
Nuestra selección ya venía de ganar la Eurocopa en 2008 y al decir de muchos partía como favorita de este mundial, aunque el comienzo no pudo ser peor. Lo que vino después no fue fruto del azar, ni mucho menos de la improvisación. La inteligencia y la fuerza. El espíritu y la acción. La ilusión y el entusiasmo. El tesón y el sacrificio. El orgullo y la pasión y hasta la obediencia y la humildad, fueron los ingredientes de ese anhelado resultado. Los partidos fueron ganándose uno a uno, con trabajo y esfuerzo. No hubo ni dominio absoluto ni goleadas, pero uno tras otro, se iban conquistando puestos. La historia está escrita. La “roja” haciendo uso inteligente de esos valores se encaramó hasta la final y llegó a lo más alto conquistando el trofeo soñado.
El equipo entero y al frente un personaje que ya ha hecho historia, Vicente del Bosque, el hombre tranquilo, que supo infundir en sus hombres el espíritu de trabajo, de equipo, de lucha tenaz y noble para lograr la meta. Más allá de individualismos, de envidias, de rencillas, de origen o procedencia. Allí todos eran un equipo, con un objetivo muy claro, ganar el mundial, aunque para ello, naturalmente había que trabajar, trabajar mucho y hasta sufrir. Y ahí está el resultado. Han sabido hacerlo, lo hicieron en la Eurocopa, con Luis Aragonés, apodado “el viejo”, -recordáis-, dicen que “más sabe el diablo por viejo que por diablo” y lo han vuelto a hacer al mando de el “tranquilo”, aunque es seguro que en muchos momentos la procesión iría por dentro.
¡Qué lección para nuestra juventud! ¡Qué lección para nuestros políticos! ¡Qué lección para todos nosotros!
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