
CUANDO SE VA DE MAL A BIEN... Y DE BIEN A MAL
Los refranes son frases condensadas que reflejan mejor que nada la sabiduría del pueblo y hoy viene a cuento el que esbozamos en el título y que dice así: “De mal a bien se va muy bien; de bien a mal se va muy mal” y eso es precisamente lo que nos está ocurriendo ahora a nosotros.
Hemos vivido una larga etapa, siempre con altibajos, como es natural, en la que íbamos “de mal a bien”. Los que ya estamos jubilados y la mayoría de los que aún están en activo hemos pasado penalidades y vicisitudes pero hemos trabajado convencidos de que íbamos en el camino correcto. Así, al comienzo, fuimos superando la penuria de los años 40 y 50, luego el desarrollo, después el cambio social, tan añorado, la construcción de una nueva sociedad, la integración en Europa, las infraestructuras, la industria, el turismo, el comercio, todo ello ha contribuido a que como íbamos “de mal a bien” fuéramos “muy bien”.
Pero de pronto la línea se ha truncado. Ya no sigue esa marcha ascendente que en los últimos años nos había aproximando a la media europea, a esa Europa a la que imitábamos y añorábamos casi a partes iguales. Hemos llegado a ser casi el asombro del mundo. La gente nos señalaba y nos ponía como ejemplo. Modelo de cambio político, social y económico. En el umbral de ser potencia a nivel europeo y mundial, a punto de codearnos con los países tradicionalmente más ricos y poderosos.
Ha sido duro despertar de este sueño, tanto que al principio nos resistíamos a admitirlo. ¡Esto no puede estar pasándonos a nosotros! Pensaban muchos de nuestros gobernantes. -Es algo pasajero y pronto estará olvidado-, creían otros. Pero lo que empezó allá, mediado el año 2007, como una crisis financiera distante y difícil de entender para los no iniciados, se ha convertido en la mayor crisis mundial que se recuerda.
Ahora estamos ya en la segunda parte del refrán. “De bien a mal se va muy mal”, y todo parece indicar que el camino que nos queda hasta iniciar una nueva remontada, será largo y difícil. Las crisis siempre son malas pero lo peor es que dejan al descubierto nuestras debilidades. Nos hemos dado cuenta, por fin, que en nuestro modelo de desarrollo había muchos fallos: el exceso de ladrillo, estructuras anticuadas, bajo nivel de formación y un largo etcétera.
A esto se han sumado los errores de los políticos en la aplicación de las medidas correctoras, lo que ha conducido a un aumento sin precedentes del déficit público. Y como este mal afectaba a otros socios europeos, el temor de un mayor contagio ha producido el pánico de las autoridades comunitarias y ha desencadenado las duras medidas de ajuste que estamos sufriendo y sufriremos, sin que en medio de tanta tribulación nos consuele mucho el que otros vecinos europeos lo estén pasando igual o peor.
Lo peor de todo esto, como ayer me decía un buen amigo, es que en España nos falta un proyecto, hemos perdido la ilusión y, hasta en los casos extremos, la esperanza y en esta situación es difícil salir del bache. Falta una política clara y decidida, personas que analicen y estudien y otras que tomen decisiones firmes y las ejecuten, sin vaivenes que no producen más que desconcierto y desconfianza. Necesitamos algo o alguien que nos haga recuperar la confianza, que abra nuevos horizontes, que plantee nuevos proyectos, que muestre otros escenarios, en una palabra, que nos devuelva la ilusión perdida y que al recuperar el ir de “mal a bien” volvamos a ir “muy bien”.